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Homenaje a “Doña Tlacuacha”

Por: Gustavo Pérez Lara Hernández.

Uno de los animales mas representativos de la fauna silvestre en nuestro municipio de El Marqués lo es sin duda la zarigüeya, mejor conocida en nuestro país como “tlacuache”, que en varias ocasiones se le ha intentado cocinar aquí a manera de barbacoa, sin obtener  la demanda esperada de otros lugares.

Este rechazo en parte es debido a que la zarigüeya cuenta con la admiración mística de nuestro territorio, al recordarse la vieja leyenda que hasta la fecha nuestros indígenas otomíes y huicholes en el país cuentan con mucho respeto y veneración.

Aquella antigua historia nos relata que corría el tiempo en que los primeros hombres pasaban sus noches en la oscuridad, puesto que todavía no sabían dominar los métodos para producir el fuego, además de que aprovechaban la torpeza natural de la zarigüeya para cazarla y comer su carne sin mucho esfuerzo.

Los habitantes de esa aldea miraban con tristeza hacia el cerro donde se apreciaba una brillante luz, ya que una egoísta hechicera había logrado mantener viva la llama de un  viejo árbol que se incendió, al caerle un rayo del cielo.

-¡Si tuviéramos tan solo un poco de ese fuego podríamos tener nuestras casas iluminadas y cálidas en la noche, al mismo tiempo que cocinaríamos nuestras semillas y carnes, para una deliciosa cena! Decían los afligidos hombres.

De repente, en la oscuridad de un matorral se escuchó la voz de una criatura que después caminó hacia ellos venciendo su temor.

Era una zarigüeya hembra o tlacuacha que con mucha precaución se acercó y les dijo:

-¡Yo puedo traer ese fuego para ustedes! Afirmó.

-¡Pero con la condición de que nuestra especie ya nunca más sea perseguida para cazarla y convertirla en el alimento de sus crueles apetitos!

Los hombres aceptaron el trato y después de un rato la tlacuacha ya se encontraba frente a la hechicera, que cuidaba su preciado tesoro en las alturas de aquél cerro.

Acto seguido, le saludó animosamente:

-¡Comadre hechicera! ¿Cómo está usted?

-¡Pues aquí no más como siempre, comadre Doña Tlacuacha! Contestó.

-Cuidando este fuego que por lo menos despierta la envidia de los hombres que allá abajo nos miran.

Y agregó:

-Nos humillan y nos maltratan porque dicen que somos torpes y feas, pero por lo menos mi llama no la tendrán y sufrirán en la oscuridad por siempre en las noches.

Después, se paró de su asiento y dijo:

-Permítame un momentito, voy por más leña para avivar la fogata, porque si no: ¡Se me apaga!

De esa manera, pasaron algunas horas en animada charla hasta que Doña Tlacuacha le dijo a su compañera:

-Bueno comadre, yo paso a retirarme. ¡Que le vaya bien!

Entonces la hechicera le contestó molesta:

-¡No se vaya! ¡Todavía no amanece! ¡O solo que nada más haya venido por mi flama!

¡A ver: enséñeme su garra!

Doña Tlacuacha se la mostró por los dos lados y después la hechicera le dijo:

¡Ahora enséñeme la otra!

De igual manera le enseñó la otra y al parecer la hechicera egoísta quedó tranquila de ver que su fuego estaba seguro.

Minutos más tarde, los hombres en aquella aldea brincaban y bailaban de alegría, porque Doña Tlacuacha les había traído la llama del cerro que había visitado.

Al momento de ir la hechicera por leña, prendió en la fogata su larga cola y la escondió en la bolsa que utiliza para guardar a sus críos, cuando estos son recién nacidos.

Nadie sabía de ese lugar secreto en su cuerpo hasta que entregó las llamas prometidas a los hombres.

Es por ello que, hoy en día, con esta leyenda nos explicamos porque hasta la fecha la zarigüeya tiene su cola pelona y reseca por el fuego, además de ser una criatura extraña pero muy respetada por nosotros.